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Numancia / Cervantes / Teatros del Canal

El teatro

Al acercarme al complejo veo que se acerca un grupo grande de chavales. Varias docenas de adolescentes pastoreados por un grupo entusiasta y paciente de profesores. Me habría encantado que mi colegio me hubiera llevado al teatro a ver a Cervantes. Apresuro el ritmo para llegar antes que ellos a la puerta.

Es mi primera vez aquí. El vestíbulo es grande, luminoso y moderno. La obra se representa en la Sala Verde. Muy grande, parece un auditorio de música. Las gradas están inclinadas y hay buena visibilidad en todas partes, pero estamos lejos de la escena.

La representación

Me cuesta un poco el arranque. Entiendo que en parte es culpa de la obra. Pero tampoco la puesta en escena me atrapa al principio. Los romanos no parecen encajar en los trajes y su voz llega con poca fuerza a la zona media del teatro en la que me siento. Pero el tono va subiendo. El diálogo entre el Duero y España me sorprende y me conmueve. Después, la escena de la nigromancia es impresionante. Los chavales a mi alrededor se quedan quietos y en absoluto silencio por primera vez. Los horrores del final y el epílogo de guerra y de hambre también me han dejado huella.

El sonido y la luz subrayan la tragedia. Cada vez es todo más siniestro y todo parece conducir al fuego. El coro suena y funciona muy bien, como unos raíles que nos llevan a todos a un desastre inexorable.

Numancia no tiene protagonistas, es una tragedia colectiva. Pero quizá me ha faltado algo más de Escipión y Teógenes. Sí me ha llegado con fuerza el drama de Lira y Morandro. Los dos, Jimmy Castro y Ania Hernández, me han parecido espectaculares.

La obra

La "Numancia" de Cervantes te da muchas cosas. Entiendes la tragedia clásica, la griega. Un destino terrible se cierne sobre la escena desde el principio. Es inevitable. No habrá bromas ni interludios musicales o cómicos. La oscuridad y el fuego se irán adueñando de todo hasta la hecatombe final. Conviene estar preparado para esto antes de comprar las entradas. Y advertir a los asistentes. Sin embargo, no parece haber aquí una culpa de hybris. No hay soberbia en los numantinos. Quizá su culpa es su paganismo. Y hay atisbo de esperanza. No para los numantinos, pero sí para los futuros españoles.

También sirve la obra para entender la frescura y la novedad del arte nuevo de hacer comedias de Lope. Las octavas reales de Cervantes son majestuosas y heroicas pero muy lentas. Son endecasílabos en packs de a ocho. Es difícil cruzar frases con ese ritmo o interrumpirse con gracia. Yo venía de ver Fuenteovejuna, que es también terrible. Pero allí, el romance o las redondillas de octosílabos de Lope permiten divertimentos deliciosos en medio de las maldades del Comendador. Tampoco hay en Numancia personajes graciosos. Todo el mundo es terriblemente serio.

Me ha hecho pensar la tremenda diferencia entre el Cervantes de la Numancia y el del Quijote. Numancia parece más conectada con la desesperación renacentista de la Celestina aunque sin su cinismo. El Quijote, en cambio, está lleno de ternura. Y aunque no le faltan tragedias y dramas a nuestro caballero, toda la obra rezuma esperanza. Pienso que Cervantes sacó la Numancia de los libros, de las modas y del ambiente intelectual en el que se había formado. Pero el Quijote lo sacó de su vida y de su alma.

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