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El enfermo imaginario / Moliere / Teatro Teseo

El teatro

Mi primera vez en el teatro Teseo. Me ha costado aparcar. Es una tarde noche de enero y la Ronda de Segovia está fría y poco iluminada. Me cuesta encontrar el número y termino por pasarme el portal. Retrocedo. Un pequeño y simpático local resulta ser el teatro. Llego con media hora de tiempo y entro al recibidor, que es pequeño y está lleno de cosas. Dentro hay una puerta sencilla que debe dar paso a la sala, ya que no hay ningún otro camino. Una amable señora atiende un mostrador a la izquierda de la entrada. Me explica que no puedo pagar con tarjeta. Solo metálico o transferencia. Y es un problema, claro. Al ver mi confusión -la verdad es que pienso en darme la vuelta- me dice que siendo una sola persona puede darme un número para hacer un Bizum. Según me explica, es el número de una de las actrices, que le hace el favor de aceptar pagos de entrada. Todo resulta casero, íntimo. Me advierte que no debo señalar nada en el mensaje de envío del dinero. Así lo hago. A cambio, saca un post-it en el que escribe con boli el número siete. "Es en la primera fila, a la izquierda. Está muy cerca, pero verá usted muy bien". Me da algo de miedo la primera fila, pero no digo nada y me guardo el post-it. En ese momento llega otro grupo, una familia con niños. Mismas preguntas y mismas respuestas. Ellos pagan en metálico; son muchos y no puede aceptarles un Bizum. Ya casi no cabemos en el vestíbulo, así que nos sugiere que salgamos a tomar un café porque solo abrirán cinco minutos antes de empezar. Así lo hacemos todos. Al salir me encuentro a dos parejas con niños que están repasando los carteles de otras representaciones que están pegados en el escaparate. Parece que han visto ya la mayoría de ellas y les han gustado. Salgo a caminar para hacer tiempo y por fin llega la hora. Me gusta el asiento que me ha dado la señora. La butaca es cómoda y se ve perfectamente el escenario, que está casi a mi altura. La sala es pequeña y tiene las condiciones justas. Junto a la puerta hay una mesa para controlar los focos y los altavoces, que son escasos. La chica que los maneja es también la que nos explica que el único baño está en el pasillo de los actores. Se puede usar, pero es preferible no hacerlo durante la representación para no interferir con ellos. Va a ser emocionante.

La representación

Es un milagro lo que estos actores han hecho en esta sala. Y ha sido un privilegio sentirlo desde mi butaca número siete; estoy en deuda con la señora de la entrada. La magia del teatro es la presencia, y en una sala como esta -en una butaca de primera fila- esa presencia es brutal. La Antonia de Ainhoa Tato y la Angélica de Nagore Almaraz me han llevado en volandas toda la función. El enfermo, el Argan de Manolo Almaraz, era también muy bueno. Su locura es tierna y su presencia constante en medio de la escena, sentado con la bata y el gorro de dormir, resultaba natural y no era cargante.

La versión de la obra merece mención aparte. El texto es fantástico. No sé si todo el texto es traducción propia de Helena López o ha hecho la adaptación utilizando traducciones ajenas. En cualquier caso, el resultado es muy bueno. Entiendo que no habrá sido fácil. El resultado es que los actores te hacen reir y el diálogo fluye sin que una comedia francesa parezca de Lope.

Los medios no permitían una producción espectacular. Pero el vestuario era suficiente y distinguía bien a cada personaje. Y se adaptaba muy bien a los cuerpos. La malvada Belisa de Helena López estaba especialmente bien vestida para su papel.

La obra

Desde luego, el enfermo imaginario se parece muy poco a la vida es sueño que Calderón representaba en Madrid en la misma época. Barroco español y clasicismo francés. Hace algunas semanas asistí al Fuenteovejuna del Teatro de la Comedia. Y también a la Numancia en Teatros del Canal. Y es fantástico alternar a Moliere con Lope o con Cervantes. Las palabras mandan en los españoles. Y el honor y los grandes temas. Qué distintas parecen aquella España y aquella Francia. El "enfermo" viene de la Comedia dell'Arte italiana y es ligera y divertida. Es teatro de máscaras y de arquetipos. De bailes y de mímica. Y de improvisación y música por encima de la compleja y fascinante arquitectura de los versos españoles. Argan es un viejo rico que disfruta imaginando que está enfermo y gastando su dinero en médicos y medicinas. Encaja muy bien en el Pantaleone de la Comedia. El médico, Purgón, encaja también en otro arquetipo del grupo de los viejos, el Dottore. Un tipo pomposo y arrogante que se aprovecha de Argan recetándole cosas que no necesita y envolviendo su presunta ciencia en un latín ridículo. Y la gran estrella de la obra, Antonia. Es la Colombina clásica. La criada lista y audaz, cómplice de los amantes y toma de tierra para sus amos. Y los amantes: la pizpireta Angélica -la hija de Argan- y Cleonte, su pretendiente. Las Isabellas o Rosauras italianas. La trama es sencilla. Argan quiere casar a su hija con el hijo de un médico para así tener asegurados los imaginarios cuidados que necesita. Pero el matasanos es repugnante y Angélica está enamorada de otro. Antonia, la criada, tendrá que rescatarles. También tendrán que lidiar con Belisa, la madrastra.

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